Por: Ivonne Zamora
El regreso de Ben Böhmer a la Ciudad de México ya está marcado como uno de los momentos más esperados dentro de la agenda electrónica de 2026. La cita será el 24 de abril en el Pepsi Center WTC, un venue que se ha convertido en punto clave para shows donde la conexión con el público importa tanto como el sonido.

Más allá de la fecha, lo que rodea este show tiene otra textura. Es de esos eventos que se sienten antes de que empiecen: la fila avanzando lento, el murmullo creciendo, las primeras luces apagándose mientras el lugar se transforma poco a poco en otra cosa. Y de pronto, un primer sintetizador rompe el silencio y todo cambia.
El alemán no llega con un set cualquiera. Sus presentaciones se construyen como un viaje progresivo donde cada track parece caer en el momento exacto.

Su sonido —melodic house con tintes emocionales— no busca imponer, sino envolver. Es una narrativa que se mueve entre lo íntimo y lo expansivo, donde los drops no gritan, pero se quedan.
Además, este show forma parte de una nueva etapa en su carrera, donde ha estado explorando sets más largos y fluidos, alejándose de estructuras rígidas para dejar que la música respire.
En un espacio como el Pepsi Center, eso se traduce en una experiencia más cercana, donde cada detalle —desde un hi-hat sutil hasta un build-up prolongado— se percibe distinto.

Su relación con México también pesa. En visitas anteriores, la conexión con el público ha sido inmediata, casi emocional. Aquí no solo se escucha, se siente. Y eso convierte cada regreso en algo más que una fecha: en un reencuentro.
Todo apunta a una noche donde el ritmo no corre, fluye. Donde no hace falta levantar el teléfono para recordarla después. Porque cuando termina, algo se queda contigo. Y eso no pasa siempre.
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